Comunicación audiovisual

Hoy en día, los medios audiovisuales clásicos, como el proyector, el vídeo y las diversas tecnologías de la información han llegado a las aulas y a los docentes por diversas presiones ajenas a la institución escolar relacionadas, en el mejor de los casos, con la propia sociedad de consumo y por las modas que en ella se implantan; y en el peor de los casos, por la urgencia de agotar presupuestos institucionales en vez de responder a planteamientos y necesidades didácticas.

Este singular proceso de penetración de la tecnología en el aula no ha permitido a los educadores e investigadores de la educación un análisis adecuado del tema, sino que han entrando en la enseñanza forzados muchas veces por una especie de entusiasmo ocasional y sin meditar serenamente sobre qué podría esperarse de estos recursos, cómo deberían organizarse y cuáles serían los más convenientes.

En la actualidad, algunos docentes emplean medios audiovisuales, vídeo, e incluso algunas computadoras; pero estos instrumentos son empleados en el contexto de una clase tradicional, donde la comunicación está a cargo del maestro casi de forma exclusiva. Se trata, entonces, en la mayoría de los casos, de sustituir el pizarrón y el gis por una imagen proyectada, sin reestructurar el contexto comunicativo del aprendizaje. De esta manera todos estos elementos se convierten en simples instrumentos de apoyo y legitimación de la tradicional comunicación verbal que es la que se considera en las entrañas de la aplicación del modelo educativo como la única y verdaderamente instructiva.

Aún cuando cada día la utilización de un sinnúmero de medios audiovisuales en los procesos educativos crece en importancia, lo cierto es que subsiste también una gran resistencia en su uso, no sólo en los docentes, sino aún en las propias autoridades educativas. Esta resistencia seguramente se debe a varias razones; lamentable sería, sin embargo, que aún persistiera lo que a mediados de los setentas se dio en llamar la élite irresponsable, la cual actúa como rival de los educadores, usurpando de ellos uno de sus principales papeles protagónicos: el de ser los elegidos y poseedores únicos del cargo y vocación de poder trasmitir el conocimiento.

Aún sin desearlo, pero aunado a la ausente o deficiente capacitación para su uso y explotación -tanto en lo instrumental, como en lo didáctico-, la notoria falta de condiciones del espacio e infraestructura adecuada para el uso y aplicación de los nuevos medios, la siempre inapropiada o injusta dotación de equipos, la casi permanente ausencia de criterios de prioridad y organizativos para un uso múltiple, etc…, han determinado que la incorporación de los medios no sea la más eficaz y expedita acción de auxilio y apoyo a una de las facetas de la pertinencia en el modelo educativo actual.

En este contexto, la utilización de los nuevos medios no debe entenderse como una integración por parte de los docentes a los procesos educativos. A pesar de la presencia de audiovisuales y de algunos medios generados por el desarrollo actual de la tecnología de la información, en muchas etapas del proceso didáctico, el lenguaje verbal conserva aún una total supremacía, lo cual generalmente provoca una guerra desigual entre el interés y la atención de los estudiantes. Elegir entre los medios a su alcance fuera de la escuela y los tediosos discursos explicativos dentro de ella, señalan una clara ventaja de los primeros con sus seductores sonidos e imágenes de agobiante velocidad.

Por diversas razones en las que aquí no profundizo, han existido y siguen existiendo actitudes extremas hacia los medios de comunicación audiovisual y, en general, a la tecnología educativa. Estas actitudes no únicamente se encuentran en grupos de docentes que podrían calificarse de inmovilistas, sino también en sectores de educadores profunda y obsesivamente preocupados por la renovación pedagógica. La explicación de este fenómeno quizá resida en la posición que ambos asumen en cada uno de los extremos correspondientes, ya que los dos grupos se consideran intermediarios y conductores curriculares totalitarios. La educación tiene entonces tecnófilos y tecnófobos; ambos, y respectivamente, aprueban o resisten el uso de la tecnología en la educación. Aunque por caminos distintos, ambos también, ponen en grave riesgo la correcta y efectiva aplicación de la nueva tecnología e instrumentos de información.

Como mencioné al principio, es la actitud de los docentes y educadores ante la innovación la que constituye uno de los factores más importantes de su correcta operación y aplicación en el campo educativo, Así pues, la colaboración del docente se convierte en la parte decisiva para la renovación pedagógica que supone la integración de los nuevos medios en el campo de la educación.

Finalmente, se hace necesaria una discusión centrada, no sólo en función de la trascendencia o no de la innovación técnica en la enseñanza, sino en las formas en que deberán operar tanto las autoridades educativas como los representantes sindicales de los docentes respecto a la forma y metas que habrán de seguirse para la formación correcta y motivación adecuada de los profesores en la discusión, análisis e incorporación de estas nuevas tecnologías, ya que, pese a las reticencias de reducidos sectores, la necesidad inmediata de introducir los medios en la enseñanza parece una idea generalizada. La discusión, sin embargo, no debe centrarse en la introducción o no-introducción de los medios en el proceso educativo, sino en cuál será la función que en dicho proceso éstos deberán de cumplir.

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