¿Creatividad o automatismo?

Horacio Reggini convirtió esta pregunta en el título de uno de sus valiosos libros sobre el tema. Miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales e investigador de las aplicaciones de la informática en la educación, el experto opina que los beneficios de la automatización “dependen fundamentalmente de cómo se aplican y con qué criterio se utilizan”. Aludiendo directamente a la escuela, afirma que la mera presencia de las máquinas no hace que éstas se conviertan en instrumento educativo.

Las computadoras preparadas de antemano, “frente a las cuales los alumnos se ven dominados y programados por una sucesión de preguntas y respuestas estereotipadas bajo el manto de una aparente e ilusoria situación de participación”, son para Reggini un espejismo que se esfumará cuando parezca que el objetivo, el crecimiento personal e intelectual, se encuentra al alcance de la mano. Para ejemplificar, recurrió a uno de los relatos de “Las mil y una noches”: El náufrago es recogido en una embarcación gobernada por un hombre de metal. Se deja conducir por el extraño barquero sin decir palabra, atento a la advertencia recibida durante un sueño. Tras larga y silenciosa travesía, el protagonista se llena de entusiasmo al ver que están aproximándose a la costa. Pero entonces la barca y el hombre metálico se esfuman y él vuelve a quedar a merced de las aguas.

El ilusorio barquero metálico, en este caso, obviamente, es la computadora.

Casi obsesionado por la idea de ese espejismo, que no cesa, me venían a la memoria esos cartelitos pensados para padres ingenuos: “Se enseña computación”. Creo que jamás leí una frase más ambigua y absolutamente vacía. Y pensaba en silencio: no quisiera verme en la encrucijada -léase papelón- de tener que explicar ante un grupo de profesionales de la educación qué significa realmente “enseñar computación”. Pero no quería abandonar la búsqueda. Para descubrir qué hacer con la computadora en la escuela, cuándo y cómo hacerlo, tenía que aventar rápidamente la frase vacía.

Entonces vino en mi auxilio el Premio Nobel de Física en 1969, el científico norteamericano Murray Gell-Mann, a quien le gusta convertir sus mejores hallazgos en metáforas. Algún día Gell-Mann se había puesto a pensar lo mismo que nosotros, y al evaluar lo que se ha hecho hasta ahora con las computadoras publicó: “La enseñanza en el siglo XX viene a ser como llevarlo a uno al mejor restaurante del mundo y obligarlo luego a comerse el menú”. Sí. En lugar de la comida, ingerir el papel donde se escriben los nombres y precios de los manjares.

Para ampliar esta idea fui a buscar a un precursor de los ordenadores personales y fundador del Centro de Investigación de Palo Alto, el doctor Alan C. Kay. Lo encontré en mis bases de datos digitalizadas. Claro que éstas nacieron de muchos libros leídos, de esos que quedan llenos de crucecitas, subrayados y recuadros.

Kay explicó la metáfora de Gell-Mann con estas palabras: “Las representaciones de las ideas han sustituido a las ideas. A los alumnos se les enseñan los descubrimientos de manera superficial, cuando el camino acertado sería ayudarlos a descubrir por sí mismos”.

Y me di cuenta de que es muy natural que los sabios estén de acuerdo en lo esencial, cuando leí otra vez a Horacio Reggini: “El papel primordial de la computadora en una función imaginativa y original debería ser el de un elemento que se entrega al estudiante para que él mismo descubra y experimente, y no el de un instrumento que se proporciona al maestro o profesor para facilitarle la enseñanza”.

Por allí andaba John Dewey (viejo conocido de todo maestro que se precie) haciendo su pronóstico : “Los niños de las ciudades de nuestro tiempo participarán sólo en el aprendizaje de las formas y no de los contenidos de la actividad humana. Pensemos en la experiencia diferente entre una niña que juega a ser la enfermera de su muñeca y la de otra que cuida a un ternero vivo en una granja”. ¡Qué hermoso tema para discutir durante el recreo!

“Hay que estimular el espíritu crítico”, prosigue Alan Kay, mientras sostiene que “el cambio se ha acelerado con tal rapidez que lo que una generación aprende en la infancia no sirve ya, veinte años después, en su edad adulta”. En otras palabras, tenemos que asimilar nuevas maneras de interpretar el mundo.

Fascinado por esta idea, se me ocurrió que el siglo XXI, seguramente, debe de estar esperándonos con un aula nueva, no tanto en el sentido edilicio del término sino en la connotación conceptual respecto de las actitudes y actividades de docentes y alumnos. Y será mejor que nos preparemos desde ahora. Hay señales gravísimas que nos dicen que esto está haciendo mucha falta.

Pero Seymour Papert, como sabemos, discípulo de Piaget, volvió nuevamente en mi auxilio, y lo dijo más claro aún en su reciente libro “La máquina de los niños”. Al replantearse la educación en la era de los ordenadores, Papert, actualmente catedrático de Investigación del Aprendizaje en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) y codirector del Laboratorio de Inteligencia Artificial, asegura que nos encontramos en el umbral de una revolución del aprendizaje.

Sin considerar el tema ni medianamente agotado, me di cuenta de que apenas andaba recorriendo una parte del “qué hacer”. El desafío del “cómo hacerlo” nos está esperando. Yo me anoto para esta revolución pacífica, y para el aula nueva del siglo XXI, que será tan amplia como todo el globo terráqueo. Ya veremos.

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