El banquete del S.XX

El náufrago es recogido en una embarcación gobernada por un hombre de metal. Se deja conducir por el extraño barquero sin decir palabra, atento a la advertencia recibida durante un sueño.

Tras larga y silenciosa travesía, el protagonista se llena de entusiasmo al ver que están aproximándose a la costa. Pero entonces la barca y el hombre metálico se esfuman y él vuelve a quedar a merced de las aguas.

Este viejo relato de Las mil y una noches es utilizado por el ingeniero Horacio C. Reggini, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales e investigador de las aplicaciones de la informática en la educación, para ejemplificar sobre las consecuencias del empleo indebido de la ciencia y de la tecnología en que el hombre no tiene participación ni puede mostrar sus emociones y sus afectos.

Al titular su libro Computadoras, ¿creatividad o automatismo?, Reggini da en el blanco de sus preocupaciones. En él opina que los beneficios de la automatización “dependen fundamentalmente de cómo se aplican y con qué criterio se utilizan”. Aludiendo directamente a la escuela, afirma que la mera presencia de las máquinas no hace que éstas se conviertan en instrumento educativo.

Las computadoras preparadas de antemano, “frente a las cuales los alumnos se ven dominados y programados por una sucesión de preguntas y respuestas estereotipadas bajo el manto de una aparente e ilusoria situación de participación”, son para Reggini el barquero metálico que se esfumará cuando parezca que el objetivo, el crecimiento personal e intelectual, se encuentra al alcance de la mano.

El tema está planteado. La informática ha llegado a las escuelas y es recibida por los especialistas de la educación con los brazos abiertos siempre que, como lo propuso Seymour Papert, sean las personas quienes manden y las computadoras se conviertan en instrumentos del pensamiento al servicio de la ciencia y de la cultura.

Pero causa preocupación comprobar el ingenuo concepto de mayor calidad educativa que muchas personas digieren ante la sola frase vacía y difusa que anuncia: Se enseña computación. Y para justificar esa inquietud basta la opinión del científico norteamericano Murray Gell-Mann, Premio Nobel de Física en 1969. El dijo que la enseñanza en el siglo XX viene a ser como llevarlo a uno al mejor restaurante del mundo y obligarlo luego a comerse el menú.

Alan C. Kay, fundador del Centro de Investigación de Palo Alto y precursor de los ordenadores personales, se ocupó de explicar la metáfora de Gell-Mann con estas palabras: “Las representaciones de las ideas han sustituido a las ideas. A los alumnos se les enseñan los descubrimientos de manera superficial, cuando el camino acertado sería ayudarlos a descubrir por sí mismos”.

Coincide con una de las conclusiones fundamentales de Horacio Reggini, quien advierte: “El papel primordial de la computadora en una función imaginativa y original debería ser el de un elemento que se entrega al estudiante para que él mismo descubra y experimente, y no el de un instrumento que se proporciona al maestro o profesor para facilitarle la enseñanza”.

También el educador John Dewey predijo que los niños de las ciudades de nuestro tiempo participarían sólo en el aprendizaje de las formas y no de los contenidos de la actividad humana. Pensemos en la experiencia diferente entre una niña que juega a ser la enfermera de su muñeca y la de otra que cuida a un ternero vivo en una granja.

El ingreso de la tecnología informática en la escuela no puede reducirse a una simplificación de las tareas docentes o convertirse en la llegada del hombre de metal.

Tras sostener que esta innovación servirá si el entorno educativo estimula el espíritu crítico y la necesidad de vencer dificultades, Kay observa que “el cambio se ha acelerado con tal rapidez que lo que una generación aprende en la infancia no sirve ya, veinte años después, en su edad adulta”. En otras palabras, tenemos que asimilar nuevas maneras de interpretar el mundo.

Una revisión de los contenidos y métodos de la enseñanza y una puesta al día de las teorías del aprendizaje teniendo en cuenta esta evolución será mucho más ardua pero infinitamente más benéfica que aferrarnos a esquemas antiguos y pretender que éstos sobrevivan en otros contextos y en otros tiempos.

Que la escuela y los educadores generen condiciones para que los alumnos actúen como científicos, investigadores y comunicadores.

Que el error no represente más la frustración y el fracaso, sino que, revalorizado y visto desde una óptica con perspectivas más actuales, marque un punto de inflexión en el camino que conduce a la verdad.

Que los invitados al banquete puedan probar los platos más apetitosos y no tengan que conformarse con ingerir la carta.

La computadora contribuirá notablemente a poner los contenidos de la realidad al alcance de los estudiantes. Ellos serán capaces de interactuar, simular, contrastar, criticar y crear nuevos conocimientos para compartir con los demás. Depende de la escuela.

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