El cuento de viva voz

Contar cuentos, coinciden en afirmar numerosos expertos, es uno de los recursos de mayor eficacia para lograr que el niño se sienta atraído por la literatura y por los libros. Según la psicóloga ecuatoriana Mercedes Falconí, cuando la madre narra un relato a su hijo “se produce una interacción afectiva irrepetible.

Es el momento de mayor confianza, intimidad y comunicación entre padres e hijos. Es el momento en que la Caperucita Roja o la Bella Durmiente cobran vida en la imaginación de los niños, porque la palabra dicha no sólo enriquece su mundo y sus sueños, sino que les permite disfrutar, comunicar, sentir, vivir en armonía”. Cuando los muchachos escuchan cuentos con regularidad, suele despertarse en ellos el deseo de leer por sí mismos.

A esas narraciones orales, que pueden ser versiones de historias que hemos leído o tramas que vamos improvisando con entera libertad, sigue un segundo paso: la lectura de cuentos tomados de libros o publicaciones periódicas. En esta fase, el niño se relaciona por vez primera, a través del intermediario adulto, con el lenguaje escrito, con sus peculiaridades sintácticas y su mayor riqueza de vocabulario.

Así, empieza a familiarizarse con giros y palabras que no son las que se utilizan habitualmente en el habla oral, y que hallará cuando pueda leer por sí mismo. Oír cuentos prepara a los niños para comprender y disfrutar los futuros textos escritos que le saldrán al encuentro cuando ya sea capaz de leer por sí mismo.

El gusto por la lectura no es innato: hay que cultivarlo.

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