El uso del conocimiento

“En la era de los discos compactos, las videocaseteras, las comunicaciones vía satélite y los ordenadores portátiles, la educación permanece apegada a las prácticas tradicionales”. Suena duro, ¿verdad? Sí. El dictamen tiene sabor a crítica extrema o, mejor, extremista. Sin embargo, nadie debería juzgar sólo porque la contundencia de un puñado de palabras extrapoladas parezca sugerir la idea de dos extremos incompatibles.

Mucho menos aconsejable sería dar vuelta la cara porque estos nuevos vientos parecieran arrastrarnos hacia un paisaje desconocido. En otras palabras, sería penoso rechazarlo por temor. O, como señaló alguna vez Luis Jorge Zanotti, por “vejez intelectual”.

Estamos comentando el pensamiento de David Perkins, que vive en la Tierra, en Cambridge, Massachusetts. No es un profeta ni un obcecado; no es un vendedor de ilusiones ni de computadoras. Perkins es un maestro que da clase todos los días y que ha visto (¿quién no?) que sus objetivos se hacían añicos contra un enemigo casi inexpugnable: el fracaso.

Una y otra vez se subió al carro de nuevos planes y reformas, para terminar en el mismo punto, al cerrarse el círculo vicioso que ha tratado de quebrar desembarazándose de la rutinaria, desgastante trivialidad de hacer siempre lo mismo, pero de otra manera. Perkins se cansó de dar vueltas y vueltas en el tiovivo de la secuencia fracaso-reforma-cambio-fracaso.

Motivado por ese cansancio activo, que no claudica, terminó formando parte del Centro de Investigación para el Desarrollo Cognitivo, de la Universidad de Harvard, además de ser investigador asociado en la Harvard Graduate School of Education.

Acaba de publicar su libro La escuela inteligente, un compendio de observación y de investigación aplicada, de trabajo sometido día tras día a la prueba inapelable de los resultados en el aula. La extensión del título de esta obra, editada en español por Gedisa, es una incitación para quien se sienta comprometido con la educación: “Del adiestramiento de la memoria a la educación de la mente”. De todos modos, por favor, que nadie lo lea si no está seguro de tener su espíritu abierto, dispuesto a la reflexión y libre de un amor propio exagerado.

Perkins no ha escrito para decirnos que la cibernética viene a salvar la educación. Sus conclusiones no nos han llegado vía satélite sino a través de la lectura de sus obras en papel. Y en ese papel se pueden ver las verdades enormes que dice cuando habla de la herramienta informática, indispensable ya, según cómo se maneje. “Hay maestros que se dedican a ensayar nuevas alternativas y lo hacen con absoluto fervor -afirma-, pero la mayoría de esos experimentos no aplican todo lo que sabemos sobre la enseñanza y el aprendizaje.”

Y así llega a la tesis de su obra: “Lo que nos falta, en cantidades colosales, no es el conocimiento sino el uso del conocimiento”.

Cuando confronta la era de las computadoras con las prácticas tradicionales no quiere decirnos que tiremos los libros a la basura y nos abracemos a un monitor de alta definición. No le llama escuela inteligente a la que está infestada de ordenadores, sino a la que reúne estas características:

Está informada. Los directores, los docentes y los alumnos saben mucho sobre el funcionamiento del aprendizaje y del pensamiento.

Es dinámica. No posee sólo información que se transmite sino que genera energía positiva en la estructura escolar.

Es reflexiva. La enseñanza, el aprendizaje y la toma de decisiones giran en torno del pensamiento.

Nada más estimulante que leer el libro de David Perkins con un lápiz en la mano, como se debe, para marcar párrafos esenciales, porque todas sus páginas terminan resaltadas. Hay que animarse.

“El programa que lo abarca todo -afirma Perkins- actúa como un vampiro que desangra a maestros, alumnos y directores. Nada quita más energía que hacer muchas cosas y no tener tiempo para hacerlas medianamente bien”. Muchos escribirían esto con marcadores gruesos en las paredes de sus oficinas, ¿no?

El salto con que Perkins se libera del círculo vicioso que empieza y termina en el fracaso es el que va del conocimiento a la metacognición, y del currículum al metacurrículum. Son 264 páginas destinadas a mostrar cómo lograr que el alumno no sólo aprenda sino que descubra cómo aprende, y a que el currículum no empuje a la captura de datos apilados en la mente sino a la transferencia y a la relación entre los aprendizajes.

No es fácil, pero resulta apasionante, según la energía disponible, la idea de desarmar algo que no funciona y empezar de nuevo. Vale la pena.

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