¿En qué idioma tengo que hablarte?

Mientras las primeras insinuaciones de la dolarización en la Argentina hicieron que una considerable cantidad de ciudadanos se rasgara las vestiduras temblando por la “pérdida de identidad” que implicaría la ausencia del peso argentino, yo acumulé una buena cantidad de recortes de publicaciones europeas y no encontré manifestaciones de rechazo al euro “en defensa de la soberanía” de los países europeos que adoptaron esa moneda común.

Salvo los indispensables empirismos con que cada uno de nosotros trata de mantener en equilibrio su economía de caja familiar, entiendo poco y nada de economía, así que no puedo tomar, seriamente, partido por una u otra posición.

A mi humilde entender, podría haber objeciones técnico-financieras, y aun políticas, pero no tengo tan claro que mis amigos españoles vayan a dejar de ser en algo ibéricos, sólo por salir de tapas los sábados por la tarde y pagar con euros.

¡Y basta ya de política monetaria! De todo el estruendo causado por la dolarización, todavía lejana e improbable, se quedó prendido en mis cavilaciones el concepto de identidad nacional, de continuidad de las tradiciones, del cuidado y crecimiento de nuestro acervo cultural, ese que nos hace saber lo que somos y de dónde venimos.

Nuestro idioma vale más que el dinero

Y… ¡demonios!: nacimos y vivimos en la Argentina, país en el que, a las culturas autóctonas, se unió esa entrañable herencia de España, de donde proviene la mayoría de nuestros ancestros.

Aprendimos a pensar, oír y hablar un idioma que nos identifica mucho más que el color de los pocos billetes que llevamos en el bolsillo, ahora casi todos reemplazados por un rectángulo de material plástico y con banda magnética.

Para acercarnos más al fondo de este artículo: somos hispanohablantes y nuestro idioma tiene mucho que ver con la forma en que pensamos, razonamos y hasta sentimos. Y estaría casi de más subrayar que el uso de nuestra lengua materna es decisivo también, y con singular trascendencia, en el acto de expresarnos, de comunicarnos, de compartir ideas, pensamientos y proyectos con nuestros semejantes.

Pidamos opinión a cualquier experto en la materia y nos explicará con lujo de detalles la relación que hay entre el pensamiento, el sentimiento, y su expresión en palabras. Nos dirá también que el lenguaje es partícipe en nuestra forma de pensar.

El fantasma del 2000

¿A qué viene todo esto? Es que, casi sin darnos cuenta, aquella muletilla, ese ya célebre lugar común que nos recordaba que “próximos al Siglo XXI… bla, bla, bla…”, ha perimido.

¡Nada! Doscientos días más o menos no harán que veamos la diferencia. Reconozcamos que aquella advertencia quedó superada. El Siglo XXI ya está entre nosotros con su ola de progreso tan prenunciada, tan pronosticada como la clave de todos los males o de todas las soluciones.

Ese avance, de la mano de la tecnología, se traduce – entre otras cosas – en la globalización, en las comunicaciones instantáneas. Y en la escuela, se plasma con celeridad inusitada en el uso cada vez más frecuente e intensivo de la telemática como herramienta imposible de ignorar.

Nuestra información, nuestro aprendizaje, nuestras relaciones diarias, se multiplican en cantidad y calidad a través de Internet y del correo electrónico. Los chicos (y los grandes) “chatean”, reciben mensajes, envían y obtienen trabajos.

En suma, leen y escriben a través de este fascinante aparatito cibernético, de nada culpable, por cierto, cuyo más elevado mérito es haber logrado que yo pasara de tener amigos, maestros y alumnos en mi barrio, a encontrarlos en mi barrio y, además, en cualquier otro lugar del planeta.

Pero… ¿en qué idioma me comunico?

Una aclaración preliminar muy importante. El objeto de este artículo no es denostar al idioma inglés, ni mucho menos. ¡Que no se malentienda!

Admiro a quienes dominan (pero bien) su idioma materno, cualquiera sea, y luego dos o tres más. Ellos tienen muy buen futuro laboral, además de otras posibilidades.

Navego Internet a diario y veo cómo el inglés conserva los más altos índices de uso, pero también encuentro muchísimas páginas en castellano (¿o en español?), en alemán, en italiano, y hasta en japonés, para el que pueda leer y entender.

 

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