¿Hijo de Gato, caza ratón?

En la educación infantil, el ejemplo es un recurso de extraordinario valor. Si el niño, desde sus primeros años de existencia, observa cotidianamente en la casa normas y modelos de conducta relacionados con distintas actividades, de manera instintiva, orgánica, tenderá a imitarlos. ¿No imitan los menores el modo en que se conducen los adultos, no tratan de copiar la forma en que se mueven, visten y hablan?

Los niños intentan reproducir el comportamiento de sus mayores a la hora de comer. ¡Cuántas veces nos hemos reído al ver cómo intentan llevarse a la boca los alimentos con una cuchara que aún no pueden manejar por sí mismos, o cuando los sorprendemos maquillándose igual que mamá o afeitándose como han visto hacerlo a papá!

En la formación de los hábitos alimenticios de un niño es fundamental la referencia que él obtiene de los mayores que lo rodean. Le gusta lo que ellos le han enseñado a paladear; hereda, así mismo, el rechazo a determinados sabores y texturas.

Si en la casa todos ingieren sin reticencia los diversos vegetales, es muy posible que el niño adopte esta norma sin necesidad de imponérsela, de forma natural, por obra del ejemplo. Algo así sucede con la lectura. Cuando, desde que abre sus ojos a la vida, el niño encuentra la presencia del libro como un elemento insoslayable dentro de su entorno, se está contribuyendo a establecer un vínculo natural y cotidiano con el acto de leer.

El niño que ve leyendo a sus padres, exigirá también un libro o un periódico para sostenerlo delante de su nariz (con frecuencia al revés) y jugar a que él también comparte la placentera experiencia de la lectura. Es altamente recomendable poner al alcance de los más pequeños, libros resistentes, de colores llamativos, de cartón o plástico, que ellos puedan palpar, manipular e incluso morder con entera libertad, en un feliz ejercicio cognoscitivo; enseñarles el modo en que se sostiene los libros, de qué forma se pasan las páginas ; ayudarlos a descubrir los colores, leer juntos los dibujos.

Antes de proponernos influir sobre la conducta lectora de nuestros muchachos, debemos realizar un análisis autocrítico profundo: ¿Hay libros en la casa? ¿Existe algún espacio donde se les coloque y cuide? ¿Qué tiempo dedicamos habitualmente nosotros, como adultos, a leer?

Si no hay libros u otros materiales de lectura en el hogar (revistas, periódicos, cómics, etc.), si rara vez o nunca tenemos tiempo para sentarnos a disfrutar de la palabra escrita, será conveniente que comencemos a reflexionar acerca de esto: “¿Con qué moral puedo reprochar a mi hijo que no lea lo suficiente, si él puede observar con claridad que la lectura tampoco es algo indispensable ni vital para mí?”

No se trata de predecir, mecánicamente, que todo hijo de padres lectores será, a su vez, un empedernido lector. Sabemos que la realidad es mucho más compleja, y que con frecuencia no sucede así, debido a disímiles razones. Pero, en cualquier caso, la ley de las probabilidades nos permite aseverar que existen bastantes posibilidades de que un “hijo de lector, lea libros”.

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