La convivencia necesita límites

Los chicos, como los adultos, necesitan límites. Y para ponernos al día con la historia, es necesario acordar nuevamente cuáles son esos límites y cómo actuar cuando han sido traspuestos.

Desde la época del látigo, la palmeta y el bonete de burro ha pasado mucho tiempo. Gracias a la psicopedagogía, “la letra con sangre entra” dejó de ser un axioma válido en nuestra época. Pero no puede ser reemplazado por otro que garantice los despropósitos de la anarquía.

A eso estaríamos exponiéndonos, si en aras de una actualización equívoca termináramos intercambiando o cediendo funciones y responsabilidades: ¿Los alumnos deben decir a los docentes (o decidir con ellos) cómo tienen que aplicar la disciplina (¡perdón!, la convivencia)?

Y otro riesgo es que los mecanismos de funcionamiento de los propuestos consejos de convivencia comiencen a parecerse, a la hora de votar resoluciones, a los que se aplican en muchas internas partidarias y que no hace falta explicar. No importa si los consejos serán consultivos o ejecutivos.

Yo no creo que éste sea un tema para adolescentes. Tampoco para legisladores, sino para pedagogos reconocidos, que generalmente no actúan dictando leyes sino formando a formadores y despertando en ellos el espíritu y el conocimiento necesario para resolver este asunto, vital para el normal desarrollo de la actividad escolar.

La disciplina no es otra cosa que el fundamento necesario para una convivencia feliz. Las normas disciplinarias vienen a ser algo así como las reglas de juego, los acuerdos explícitos y tácitos que representan los valores de una cultura que la comunidad educativa se propone inculcar en los jóvenes, justamente para que la convivencia sea posible.

Siempre según la Real Academia, convivencia es la “acción de convivir”. Y convivir es “vivir en compañía de otros”. Disciplina, en su tercera acepción, es la “observancia de las leyes y ordenamientos de una profesión o instituto”.

A mí me suena un tanto demagógico, entonces, pretender que desaparezca la palabra “disciplina” sólo porque se les erice la piel a muchos que asocian algunos términos con actitudes autoritarias.

Este defecto (la intolerancia y el extremismo de cualquier signo) sobrevive en toda sociedad, mal que nos pese, pero no por culpa de las palabras sino de inclinaciones psicológicas individuales o colectivas, aunque escribamos leyes nuevas con vocablos que suenan atractivos y populares.

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