La violencia que no cesa

“La violencia se enseña, se procesa biológicamente y se aprende”, afirma tajante un especialista, el doctor Osvaldo Panza Doliani, presidente de la Fundación Cresinvio (Crecer sin violencia).

En todos los casos de violencia, sin excepción, se producen modificaciones orgánicas previas e inevitables para interpretar el mensaje del estímulo y corresponderle, asegura.

Para esa asociación, se puede eliminar la violencia a través de la educación hogareña y de la escolar, así como de la sociedad misma, agrega Panza Doliani. Y para ello se deben evitar absolutamente todos los estímulos de contenidos violentos en la edad prenatal y en la primera infancia como forma de evitar el desarrollo cerebral con descontrol y violencia en individuos sin compromiso genético ni neurobiológico previo.

Las condiciones orgánicas, sean o no genéticas, pueden permanecer latentes hasta que los estímulos de la enseñanza permiten su exteriorización, explica. Y ante la exposición permanente de niños y jóvenes a estímulos masivos de violencia en el hogar, en la escuela y en la comunidad, se generarán, en menos tiempo. mayores capacidades violentas en aquellos con condiciones biológicas latentes.

La violencia ha llegado con plenitud a la sociedad finisecular, contra todos los sueños redentores de quienes han venido vendiendo cierta paz espiritual indefinida a través de doctrinas como zen, new age mezclado con rock and roll y otras difusas sabidurías y herejías orientales; contra el futuro soñado por el progresismo socialistoide infinito, contra los sueños de un futuro vital y feliz, producto de la sacra ecología lanzada y triunfante sobre el capitalismo destructivo y devastador.

La violencia ha llegado a la escuela. Pero antes llegó al hogar, a través del padre violento, de la madre golpeada o golpeadora, de los padres embebidos de TV violenta, de los padres transgresores. Y es natural: porque -así dicen que dijo- ya Napoleón aseguraba entonces que si se quiere educar al niño hay que comenzar por educar al abuelo.

Y así la violencia ya está entre nosotros, expresa Alfio Publisi. “La agresividad humana es un fenómeno creciente. Comenzó en la calle y en los suburbios, llegó al hogar y alcanzó la escuela, ámbito que parecía inmune a ella merced a su prestigio. Y el vehículo que permitió este traslado de un espacio a otro no es sólo la TV, sino cada uno de nosotros, de quienes nos sentimos incapaces de decirle no”.

Por supuesto, alguien dijo por ahí que “la TV no inventó la violencia”. ¡Qué vivo! Así cualquiera filosofa… Por supuesto que no la inventó, pero tampoco la nafta inventó el fuego y bien que ayuda a multiplicarlo. Si no, ponga el bidón junto a la estufa…

La condición que hace posible el auge de la violencia es, sin duda, la anomia. La falta de respeto a la ley, a cualquier ley, a toda ley, esa anomia generalizada y canchera de todo ciudadano que ande por estas calles del Sur. Esta crisis de valores y de respeto a las normas, que se convierte en un valetodo para lograr todo o cualquier cosa, porque nada, en realidad, ya vale.

Hay algunas teorías que intentan explicar la violencia y confunden su auténtico origen.

“La teoría etológica de H. Lorenz y la psicoanalítica de Freud se basan por igual en una concepción animal del hombre, eluden su carácter distintivo de ser racional, capaz de autotrascender al otorgar sentido a sus acciones y a las cosas”, explica Puglisi.

“Placer sexual y agresión se originan en lo animal del hombre; amor y odio pertenecen a lo humano propiamente dicho, pues están intencionalmente dirigidos a otros”, agrega.

El animal ejecuta acciones obligadamente, el hombre elige, opta, suspende, adelanta, niega, acepta, rechaza, sublima el sexo, el amor, el odio, la agresión.

El hombre no renuncia a su extraordinaria capacidad de imitar a otros, base de todo su aprendizaje. El modelado inicial de los padres se prolonga con el de la TV, la del grupo de amigos, de la barra, del club, de la sociedad misma. Y en un momento dado, la madre desorientada se pregunta “a quién sale este nene”… Pero el papá que cruza un semáforo en rojo de la mano de su hijito le está enseñando esa conducta. Ese padre es transgresor, es agresor de una norma. Y el chico aprende a vivir así.

Pero como los argentinos nos ufanamos -quién no ha leído en diarios y revistas, lo “vivos” que somos todos- de ser un pueblo de transgresores, ¿qué podemos esperar de esta caracterología nacional?

La violencia es inevitable. Su auge es imparable. Porque el argentino medio, el alto y el bajo, vive en la anomia, es decir, vive en la falta de ley, algo así como en un far-west sureño, que a eso estamos llegando poco a poco, pero, como dijimos, inevitablemente.

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