Las nuevas tecnologías como recurso educativo

Las preguntas surgen a borbotones cada vez que la informática irrumpe en medio de un proyecto educativo. No respondamos apresuradamente que sí ni que no ante ninguna de ellas.

No nos enrolemos a ojos cerrados en los clubes de detractores de la informática en la escuela, pero tampoco engrosemos las filas de quienes creen (o quieren que creamos) que todo lo que se haga con una computadora es bueno. Dejemos que la experiencia (primero) y luego el debate, arrojen un poco de luz en medio de esta confusión incentivada desde afuera de las aulas.

Una posibilidad, nada más

¿Por qué no podríamos responder sensatamente que sí ni que no a ninguna de las preguntas iniciales? Sencillamente, porque la computadora no hace nada más -ni nada menos- que lo que el hombre sea capaz de lograr que haga. Es, apenas, una herramienta, un instrumento, una posibilidad. No es en ella en la que tenemos que confiar. Tenemos que confiar en el que enseña.

Yo no me animaría a recomendarle a nadie que cerrara sus ojos a una posibilidad, pero sí le pediría que mida la distancia que hay entre una posibilidad y un logro.

La computadora, particularmente, representa una gama tan amplia de posibilidades, que parece ser ésa una de sus cualidades más fascinantes. No es como el martillo, que sólo sirve para dar golpes más o menos fuertes y certeros en la cabeza de un clavo. Es una herramienta que puede ser tan versátil como para adaptarse y servir a la creatividad de quien la use; o reemplazarla (esto último sería deplorable).

Y acabo de utilizar una palabra que me da pie para enunciar lo que podría ser la regla de oro en cuanto a informática educativa, o mejor, informática aplicada en la escuela:

Usar una computadora -en la escuela o fuera de ella- puede resultar un plan excelente; depender de ella siempre será patológico.

El ser humano es quien debe gobernar su propia vida. Cualquier dependencia cercena su libertad y por lo tanto le impide ser el artífice de su destino. Y el destino no es algo tan lejano. No dejen los maestros que los chicos sigan creyendo eso. El destino se construye también cada día, desde que nacemos, y en cada hora de clase.

La creatividad, buena palabra

Una buena educación libera mucho más nuestra creatividad que cualquier engendro artificial o cibernético por sí solo.

Esto equivale a decir que los padres y los maestros siguen siendo la clave del éxito en éste como en cualquier otro propósito relacionado con la educación. Una verdad que no parece destinada a cambiar, pese a las enormes transformaciones que caracterizan la época en que vivimos.

El talento y la creatividad no vienen envasados en disquetes, ni en CD-ROM, y uno puede quedarse siendo tan mediocre rodeado de tecnología informática como sin ella.

Resumiendo, no es por sí misma la computadora, o -para ser más específico- la introducción de la informática en la escuela, la piedra de toque que señalará la diferencia entre una educación mejor o peor. Yo no me dejaría entusiasmar por los carteles que anuncian “se enseña computación” y menos por los que agregan publicitariamente: “salida laboral”.

¿Y entonces, qué hay que hacer?

Lo que tenemos que hacer es decidir si utilizamos o no esa herramienta, y luego descubrir qué hacer con ella, cuándo hacerlo y cómo hacerlo. Y eso no es tan fácil, a menos que el propósito no sea educativo, sino comercial.

Avanzaremos sobre este asunto en las próximas notas, buscaremos testimonios experimentados que nos sirvan para elaborar principios creíbles que puedan decirnos qué hacer, como una contribución a la búsqueda de una utilización inteligente de la computadora en la escuela.

Hay un fantasma que aparece muchas veces en las salas de maestros: el temor a lo desconocido, el miedo a una nueva tecnología, que se convierte enseguida en un factor de rechazo frente al cual avanzan primero los audaces e inundan las aulas de monitores y todo está bien. Y los chicos, contentos, porque ellos no conocen el miedo y la computadora, esté secándoles el cerebro o no, los entretiene y los atrapa.

Pero aun aceptado el uso de la computadora en la escuela, vencido el miedo, dedicados los docentes a trabajar con ella, algunos podrían afirmar con buena intención educadora -aunque desde un principio involuntariamente ingenua- que es un excelente recurso didáctico. Yo sostengo que podría serlo, pero si en eso solo la dejáramos, no estaríamos ni en la mitad del camino que hay que recorrer para que mañana, cuando nuestros alumnos miren hacia atrás, desde el futuro, nos den las gracias.

No recurramos a la computadora sólo como a una tabla de salvación para que una clase sea más atractiva y lucida ante un supervisor. No la utilicemos únicamente para que los chicos tomen interés en un tema. No nos creamos que la computadora actuará mejor que nosotros mismos con el fin de que un proceso de enseñanza-aprendizaje se torne más eficiente.

Lo mejor está más allá

Si lo hacemos así, estamos equivocándonos en los conceptos y perdiéndonos la mejor parte. Una cosa es que el maestro, igual que un expositor o un vendedor de seguros, utilice su computadora -si puede tenerla- para dar una clase y mostrar a través de ella gráficos, diseños o procesos matemáticos o físicos. Y eso no está mal, claro. Pero otra, diametralmente opuesta, es lo que se entiende por informática aplicada a la enseñanza.

La computadora no reemplazará jamás al maestro. Difícilmente alguien niegue esto. Pero no reemplaza siquiera la tiza o el pizarrón, ni al proyector de diapositivas, porque es -cualitativamente- otra cosa. Es el eslabón visible de una cadena tecnológica que envuelve cada vez más actividades de la vida y, por lo tanto, corresponde pensar de qué modo la escuela preparará a las mujeres y hombres de mañana para convivir con ella, para utilizarla como herramienta al servicio del crecimiento intelectual y de la creatividad; para adaptarse a una nueva era; para que los seres humanos, y no las máquinas, sigan siendo protagonistas de la historia.

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