Quiero escribir en mi lengua

Ahora quiero circunscribirme a nosotros. Ese nosotros que identifica a los que somos hispanohablantes y queremos seguir siéndolo.

¡Por Dios! ¿Podemos escribir o no podemos escribir correctamente nuestro idioma cuando enviamos mensajes por correo electrónico?

Un mínimo ejemplo: Transcribo sólo una palabra tomada de un mensaje enviado por una argentina a otro argentino: “=?UNKNOWN-8BIT?Q?”Mar=EDa?=”.

¿La entendieron? Conozco de sobra la explicación técnica de este despropósito literal, pero que nadie diga que no tiene arreglo. ¡Tiene arreglo! ¡Se puede escribir “en cristiano”, como le oí decir una vez a un ministro de Educación de una provincia argentina!

Porque eso que Ud. acaba de leer no es inglés ni español; no es siquiera un jeroglífico que se precie de tal. Es una malversación que un hispanohablante no se merece. Y todo porque quien escribió quiso poner correctamente su nombre: “María”. ¡Pobre María! Ella no es culpable de que su hermoso nombre lleve tilde. Yo también envío correo electrónico con acentos ortográficos (o tildes), y los veo bien en mi ordenador, y mi interlocutor se desvela luego con unos párrafos ilegibles.

No deprimiré a los docentes recordándoles lo que les cuesta la enseñanza de la ortografía y de la sintaxis, el uso de los signos de puntuación, el desarrollo de la creatividad y de la expresividad en la escritura.

No creo que sea necesario tampoco ejemplificar sobre la diferencia conceptual que implica el uso o desuso de las tildes, la presencia o ausencia de los signos de admiración e interrogación, o la ignorancia de la letra “ñ”. Pero sí les diré que hay muchos docentes, profesionales terciarios y universitarios de todas las ramas, que aceptan pacientemente este deterioro gravísimo de nuestra comunicación. Y hasta comienzan sus mensajes con una advertencia lacerante: “Acentos y signos suprimidos ex profeso”. ¿Condescendencia mal entendida, resignación o falta de ganas?

Lo más triste es pensar que, en poco tiempo, nuestros chicos se habrán olvidado de los acentos y de la expresividad potencial de los signos que – en la escritura – representan nuestros gestos, nuestros tonos de voz, una guiño o un movimiento de cejas que completan la idea y la intención del buen decir.

Si estuviéramos condenados a caer en esto, sinceramente, preferiría escribir siempre bien en inglés (tendría que estudiar mucho más), antes que contribuir a ese remedo confuso de mi propio idioma, prostituido en aras de una equívoca imposibilidad.

O mejor: si me obligaran a olvidarme de los acentos y de los signos, que me sirven para expresar lo que siento y pienso, me gustaría poder escribir mensajes electrónicos en guaraní, o en quechua, que son más míos que esa ensalada de letras que me veo forzado a recibir y a tratar de traducir, lo que siempre haré pésimamente.

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